Sigmund Freud: “Uno puede defenderse de los ataques; contra el elogio se está indefenso”
El padre del psicoanálisis dejó una huella indeleble en la cultura del siglo XX; su legado transita hoy entre la vigencia de sus conceptos clínicos y las controversias científicas que rodearon su metodología
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La célebre máxima de Sigmund Freud sobre la vulnerabilidad ante el halago, es decir “Uno puede defenderse de los ataques; contra el elogio se está indefenso”, resuena con particular fuerza en la psicología contemporánea, ya que funciona como una advertencia sobre los mecanismos de defensa del yo. Esta frase subraya la dificultad para mantener un equilibrio saludable entre la autoimagen y la valoración externa.
Ante una agresión, el individuo activa defensas naturales, como la protección del ego o el contraargumento; sin embargo, el elogio suele ser aceptado sin reservas, lo que nubla el juicio crítico y puede convertir al sujeto en esclavo de la aprobación ajena. Esta perspectiva sugiere que la validación externa desarma la estructura psíquica, exponiéndola a la manipulación o a la vanidad.

Sigmund Freud, nacido el 6 de mayo de 1856 en Freiberg, Moravia, fue un neurólogo austríaco cuya obra transformó la comprensión de la mente humana. El medio Britannica detalla que su infancia estuvo marcada por una relación ambivalente con su padre y un vínculo profundo con su madre. Tras graduarse en medicina en la Universidad de Viena y especializarse inicialmente en el sistema nervioso de los peces, Freud comenzó a trabajar en el Hospital General de Viena, donde se interesó por la neurología clínica. Un punto de inflexión fundamental ocurrió en 1885, durante su estancia en París, donde estudió bajo la tutela de Jean-Martin Charcot. La observación de pacientes histéricas le permitió concebir la idea de que los desórdenes psicológicos podían tener un origen mental y no meramente fisiológico.
A su regreso a Viena, Freud colaboró con Josef Breuer, donde desarrolló el método catártico, conocido como la cura por la palabra. A través del tratamiento de pacientes como Bertha Pappenheim, famosa como Anna O., observaron que verbalizar traumas reprimidos proporcionaba alivio a síntomas físicos. No obstante, la relación profesional con Breuer se fracturó cuando sus visiones divergieron; mientras Breuer mantenía un enfoque cientificista tradicional, Freud apostaba por la independencia absoluta del psicoanálisis como disciplina. El desarrollo de la asociación libre sustituyó a la hipnosis, lo que permitió al paciente expresar ideas sin restricciones, algo que facilitó el acceso a conflictos inconscientes.

La teoría freudiana estructuró la mente en un modelo tripartito: el Ello, regido por el principio del placer; el Yo, que media con la realidad; y el Superyó, que encarna las normas morales. Esta división no solo pretendía aliviar sufrimientos, sino servir como un lente para interpretar la cultura. En obras fundamentales como La interpretación de los sueños (1900) y El yo y el ello (1923), Freud postuló que la mente estaba impulsada por fuerzas en conflicto, lo que marcó el camino para el psicoanálisis. Pese a las críticas de figuras como el filósofo Frank Cioffi, quien calificó sus formulaciones de pseudocientíficas al carecer de pruebas replicables, el impacto de su visión fue masivo.
Tras ser obligado a exiliarse en Londres debido a la persecución nazi contra su “ciencia judía”, Freud murió el 23 de septiembre de 1939. Su legado trasciende la clínica; sus conceptos sobre el narcisismo, la represión y los mecanismos de defensa siguen moldeando el discurso social. Como indica Britannica, “psicological man” reemplazó otras nociones dominantes del siglo XX, lo que situó al ego como el centro de la experiencia. A 100 años de la publicación de El yo y el ello, el ego se transformó en la unidad básica de la sociedad contemporánea, un intangible que, lejos de desaparecer, continúa su complejo viaje por los escenarios digitales y las estructuras políticas actuales.
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