
Arturo Pérez-Reverte con Hugo Alconada Mon: “Hay lugares de los que nunca se vuelve”
8 de mayo de 2026
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Arturo Pérez-Reverte presenta “Enviado especial: Una biografía de guerra”, un libro que reúne los mejores textos de sus años como reportero; en conversación con Hugo Alconada Mon, el legendario periodista y escritor repasa sus recuerdos más duros como corresponsal de guerra y reflexiona sobre el rol de los medios, la moral en los escenarios bélicos y la muerte

“Hay lugares de los que nunca se vuelve”, dice Arturo Pérez-Reverte como quien lo siente en el cuerpo. Todavía hoy se despierta algunas noches con trazos frescos —y unas cuantas llagas— de sus coberturas en Medio Oriente, Europa, África y América. Aquellas vivencias conforman Enviado especial: Una biografía de guerra, que reúne sus crónicas de los veintiún años que pasó por algunas de las zonas más incómodas del planeta. Lo recibimos en un hotel de Buenos Aires, adonde llegó para presentarse en la Feria del Libro.
—Cuando hablamos de guerra, ¿cuál es la primera imagen que le viene a la cabeza?
—Caminos, desiertos, gente que va en una dirección y tú vas por la otra. Al fondo hay tiros, ruido, humo. Caminas con tu cámara y a veces no hay nadie: caminas solo, pisas cristales rotos y soledad. Y dices: “Estamos en un lugar donde no sabemos qué hay alrededor. Nos están mirando y no sabemos quién.” Esa sensación de soledad, y de que nunca hay sol. Aunque lo haya, parece que el día es gris. Para mí, eso es la guerra.
—¿Por qué este libro y por qué ahora?
—Es un proyecto editorial. Yo nunca tuve interés en escribirlo. Sobre la guerra tengo Territorio comanche y El pintor de batallas, mis dos libros más autobiográficos, pero nunca pensé en recuperar mis trabajos de reportero. Fue la editorial la que se lo propuso a María José Solano. Ella rastreó todo el material y reunió una selección de mis crónicas, desde las primeras hasta los últimos artículos sobre la guerra. Debo confesarle que no lo he leído. Hice el prólogo, pero no quise volver a leer esos artículos: no sé cuál sería mi impresión ahora. Prefiero que no.
—Aparecen el canto segundo de La Eneida, las Vidas paralelas de Plutarco, la Anábasis de Jenofonte, la Ilíada, la Odisea. ¿Qué libro le recomendaría a quien quiera ser corresponsal de guerra?
—Los clásicos, griegos y latinos, son fundamentales. Esa fue mi ventaja: cuando fui a una guerra por primera vez y vi lo que era aquello —el horror, los muertos—, yo había leído mucho. Ya llevaba en la cabeza la Ilíada, la Odisea, la Anábasis. Nada me golpeó demasiado fuerte porque todo lo había leído ya. Me decía: “Todo esto ha ocurrido ya, Arturo. La mujer violada, el niño que llora, la casa que arde, la familia muerta en el patio. Solo es historia. La estás viviendo como ocurrió siempre.” Esa certeza me daba calma y me permitía trabajar con lucidez. No es un libro que uno recomiende, es una serie de lecturas que educan la mirada.
—Usted menciona a Oriana Fallaci, a Jon Swain, a Pierre Schoendoerffer. ¿Quiénes más influyeron en su juventud?
—Esos fueron mis maestros periodistas. Y mis lecturas: Conrad, por supuesto. Pero en el campo de batalla los maestros inmediatos fueron ellos. A Oriana la conocí en la guerra del Golfo; a otros los saludé en Beirut. De ellos aprendí los mecanismos de un periodismo que ya no existe. Y eso es lo grave: ese periodismo es imposible hoy. Irte con una mochila a una guerra, estar un mes, unirte a un grupo de soldados, convencerlos con una botella de whisky o paquetes de cigarrillos —yo siempre llevaba cigarrillos para repartir, el tabaco es fundamental—, vivir con ellos la aventura… Ahora cualquier soldado con una cámara en el casco o un móvil hace el trabajo que hacía el reportero. Y, además, tienes que salir en directo veinte veces al día.
—¿Eso lo fue alejando del oficio?
—Me di cuenta en la guerra del Golfo. Estaba en Arabia Saudita esperando el ataque, y me pedían entrar en directo todo el tiempo. Yo decía: “Si entro desde el hotel, ¿qué les cuento?” Ahí entendí que el periodismo empezaba a ser bustos parlantes en la retaguardia y no gente en el frente. Lo mío había sido al contrario: llegabas a un lugar, te ibas al frente y te buscabas la vida. Te mataban o no, pasabas la frontera, sobornabas a un aduanero. Esa parte aventurera ya casi no existe. Por eso me retiré. Puse a los Balcanes como punto final: “Ya no tengo edad para estar varios días sin dormir y que me metan en un calabozo con disentería.”
—Si un muchacho de 20 me pidiera consejo para hacer coberturas, le diría dos cosas: buscar a un periodista veterano y ponerse bajo su ala, y nunca ir por el número uno sino por el número dos, que suele entregar más información y abrir puertas que el número uno, por protocolo, no puede.
—Correcto. Eso lo aprendí muy pronto. Yo llegaba a una guerra nueva —Beirut, Luanda, Managua—, y en vez de ir de listo, buscaba al veterano: “Maestro, soy joven, no tengo ni idea de esto. Lo admiro, he leído sus crónicas, quiero aprender. Déjeme mirar, no voy a molestar.” Y todos te cobijaban. Así aprendí. Otra cosa igual de importante: en la guerra, más que de los generales, conviene ser amigo de los sargentos. Y cuando digo sargento, digo el camarero, la telefonista, el taxista, el portero. Los subalternos son los que te facilitan las cosas: te consiguen el whisky, sobornan al policía, te abren una línea telefónica, te encuentran la gasolina, te destraban la frontera que desde el Ministerio del Interior no te quieren abrir.
—¿Tiene un ejemplo?
—En la revolución de Rumanía, cuando cayó Ceaucescu, cruzamos los Cárpatos con dos equipos de televisión, todo nevado, un viaje alucinante. Al equipo francés lo mataron al llegar. Televisión Española se quedó tres días sola, emitiendo en abierto para todo el mundo. Yo conocía a un tipo que llevaba un burdel y conocía a todos. Le pagaba cien dólares diarios; me buscaba gasolina, robó un coche para nosotros, me facilitaba los contactos. Me era más útil que cualquier ministro. En una guerra los escrúpulos morales se vuelven difusos: el blanco y el negro quedan borrosos.
—Usted marca varios episodios de indignidad. Uno es “La risa de las ratas”, apoyado en una foto de Robert Capa en Chartres, en 1944, cuando humillan y rapan a mujeres acusadas de acercarse a los alemanes. Señala ahí la cobardía de quienes habían callado durante la ocupación. ¿Qué recuerdo de dignidad retiene, en cambio?
—Tengo de los dos. Uno de dignidad fue en Beirut: iba con unos milicianos al amanecer y sacaron de una casa, en pijama, a un hombre cristiano, mayor, con canas y bigote. Me dijeron: “No hagas fotos.” El hombre me miró, vio que yo no era de ellos e hizo un gesto: “¿Se da cuenta de lo que estos bárbaros van a hacer conmigo?” Se lo llevaron y lo mataron. No me dejaron fotografiar. Pero ese gesto es de una dignidad enorme. Y de indignidad recuerdo otro, en Croacia: interrogaban a un chico de unos 16 años, encapuchados le daban bofetadas, el chico se orinaba del miedo. El padre estaba al lado, mirando, sin intervenir. Lo desprecié: “¿Cómo lo permite?” Después pensé: “A lo mejor, si interviene, los matan a los dos.” Por eso en la guerra nunca hay líneas claras. Nunca sabes si algo es bueno o malo. Eso la hace horrible. Pero para el joven que yo era tenía un aspecto nutritivo: me enseñó a mirar al ser humano sin despreciarlo ni admirarlo del todo.
—Hay una foto suya, tomada en Tessenei, Eritrea, en abril de 1977: dos guerrilleros eritreos posando con un hombre que acaban de matar.
—La hice el 4 de abril de 1977, a las once de la mañana. Había estado un mes con esos guerrilleros en combates pequeños. Eran mis amigos. Yo estaba enfermo, deshidratado, pero aguantaba; me cuidaban como a un hermano. Uno fue a buscarme agua bajo el fuego para que yo bebiera. Atacaron la ciudad, entré con ellos, combatieron por la mañana: chicos valerosos, heroicos. Y después de vencer, a mediodía, empezaron a violar mujeres y a matar prisioneros. Los mismos héroes de la mañana eran verdugos y violadores por la tarde. Y yo los seguía queriendo: eran mis amigos. Ese día entendí que el ser humano puede ser bueno y malo a la vez, la misma persona, el mismo día. Esas lecciones de relatividad las da la guerra. Lo que en Buenos Aires tardas diez años en aprender, allí lo aprendías en horas. Fue una escuela de lucidez intensísima.
—¿Y cómo era la reinserción en la vida normal cuando venías de ver degollar a un niño?
—No te reinsertas nunca. Disimulas, y al mismo tiempo percibes la doble vara. Me pasó una vez: volvía de la guerra, llegaba a Madrid, tenía una novia y habíamos quedado para cenar. A ella se le hizo una carrera en la media y estaba de pésimo humor por eso. Y yo venía de un sitio donde la gente perdía brazos y casas. Esa noche terminó nuestra relación, por la carrera en la media. Te das cuenta de que no todo el mundo comprende, y de que la guerra, en cambio, servía para comprender.
—Usted cubrió Malvinas y señala que, mientras se moría en las islas, aquí se hablaba del Mundial.
—Me alojaba en el Sheraton, el hotel de los periodistas, y transmitía desde Entel, en la calle Florida. Iba todos los días con mi crónica. Y caminando por Florida oí gritar “¡gol!” en las casas. Se jugaba el Mundial. Pensé: mientras unos pelean y mueren, otros festejan goles. Hay momentos en que uno siente que no merecen ganar.
—Repite, al menos tres veces, una frase casi idéntica: “Hay lugares de los que nunca se vuelve.” ¿Cuál es el recuerdo más recurrente?
—Vukovar, el Sahara, Beirut. Lo curioso es que el recuerdo me viene a través de los sueños. Hace cuarenta años que no voy a una guerra y todavía sueño con ella, pero soñándome como soy ahora. Mi sueño más frecuente es que tengo que transmitir y no encuentro un taxi ni un teléfono. Lo tuve hace una semana. Tengo ya 75 años. Hay cosas que quedan incrustadas aquí. Nunca se vuelve del todo. Uno miente, disimula, camufla, intenta que no se le note. Pero hay cosas imposibles de olvidar.
—¿Cuál es la más cruda?
—Quizá la más cruda, porque el niño tenía la edad de mi hija. Fue en Dobrinja, cerca de Sarajevo. Cayó una bomba, mató a quince o dieciséis personas, y una era un niño de unos doce años, muy herido. Lo cogí, mi cámara agarró un coche y fuimos a toda velocidad al hospital de Koševo, al otro lado de la avenida. Yo lo llevaba en brazos. Siempre cargaba kleenex; le metía paquetes en las heridas para taponarlas. Se iba quedando. Le decía: “No te duermas.” Y se me murió en brazos. Lo dejamos en el hospital, muerto. Me quedaron la camisa, la ropa y las uñas llenas de su sangre. Después estuvimos tres días trabajando sin poder volver al hotel ni lavarnos. Tres días con la sangre del niño en las uñas. Ese recuerdo es el que más me pesa. Un adulto, cuando sufre, sabe por qué sufre. Un niño no lo sabe. Un animal tampoco. Los niños y los animales sufriendo son la imagen que más se queda.
—¿Los animales también?
—Había un perro en Beirut, después de una matanza. Yo hacía fotos y el perro, herido de una pata, me seguía cojeando. Yo adoro a los perros; le decía “vete”, pero me seguía. Por fin le tiré una piedra —casi llorando— y se quedó quieto, mirándome mientras me alejaba. Han pasado cincuenta años y todavía lo tengo en la cabeza. Por eso hay lugares de los que nunca se vuelve del todo.
—¿Cuándo llegó el punto de saturación?
—Cuando me di cuenta de que era inútil. Tengo tres fases como reportero. La primera: voy por aventura, quiero ver si la vida real se parece a los libros. La segunda: ya maduro, soy un mercenario honrado, me juego la vida. La parte buitre, carroñera, que tiene todo reportero de guerra —aunque lo nieguen, todos la tienen— se compensa con que también pago el precio de estar allí. Y la tercera, al final, cuando vi que aquello no servía para nada. Me decían: “Hoy te quitamos diez líneas porque había fútbol.” O: “No mandes tantos muertos, que la gente está comiendo.” Empecé a despreciar a mi propia audiencia. Mis últimas crónicas de Sarajevo son casi agresivas hacia el espectador que estaba ahí sin hacer nada. Y pensé: “Tus novelas van bien, ya cumpliste veinte años. Déjalo antes de volverte un gruñón patético. Ya no es tu mundo.”
—Hay un periodista veterano que, en un burdel asiático, cuando usted le pregunta por qué no vuelve, responde: “¿A qué voy a volver? Esta es mi vida.”
—Sí. Estaba en la barra, se metía de todo, allí con las chicas. Y pensé un día: “Puedo ser yo quien le cuente su vida a un joven reportero diciendo eso.” Y yo no quiero terminar así. Fue un factor importantísimo a la hora de apartarme de esa vida.
—¿Siente que cruzó la línea demasiadas veces? Recuerdo aquella del capitán somocista en Nicaragua: “Amigo, no perdamos la dulzura del carácter.”
—Esa es maravillosa, tengo que contarla. Estábamos en El Paso de la Yegua, con los rangers de Somoza, contra los sandinistas. Hubo una emboscada, mataron a mucha gente. Decían que eran guerrilleros, pero era gente del pueblo. Había una chica muerta, guapa, con metralla. El oficial me dijo: “No hagas fotos de la señora.” Cuando se dio la vuelta, disparé: clac, clac, clac. Pero oyó la cámara. Volvió —flaco, con bigote—, se quitó las gafas Ray-Ban y me dijo: “Amigo, no perdamos la dulzura del carácter.” Pensé: “Me va a matar. En cuanto haya un tiro, dirá que me mataron los guerrilleros.” Cogí el carrete delante de él y se lo entregué.
—Hay otra frase que cita, la del cabo Belali.
—Belali, muerto en el Sahara, en el 76. Amigo mío. Le había preguntado qué era para él la muerte. Me dijo: “Alguien cogerá tu fusil, alguien te quitará el reloj, alguien se acostará con tu mujer. Suerte.” Le pregunté qué era entonces la suerte, y dijo: “La suerte es la vida.” Un estoicismo que me dejó asombrado. Murió en una emboscada; quedó herido atrás y oyeron el ruido de su fusil hasta que dejó de disparar. ¿Qué es la muerte? Exactamente eso. Alguien te quita el reloj, alguien vende tus libros, alguien se acuesta con tu pareja. Te vas, desapareces, y lo que dejas detrás es de otros. Por eso no le doy importancia a lo que se deja: herencias, libros, casas. Lo he visto desaparecer tantas veces. El mundo es muy injusto y muy peligroso, y depende mucho de la suerte.
—Usted imagina un lugar simbólico donde se reúnen los viejos amigos.
—Sí. Es como esas películas de John Ford en las que al final se superponen las caras de los camaradas muertos. Quizá porque vi mucho cine de John Ford, tengo un sentido épico de la muerte. No creo que haya otra vida —la guerra me quitó esa fe—, pero sí creo en un lugar simbólico donde van los hombres y las mujeres valientes, los soldados y los reporteros valientes. Un lugar mítico, en mi memoria, donde nos juntamos todos. Mientras alguien lo recuerde, ese lugar existe. No es religioso; es emocional. Me gusta pensar que mis amigos muertos siguen ahí.
—A lo largo del libro deja pistas sobre los objetos que guarda: un Kalashnikov, un libro de la biblioteca de Sarajevo, un turbante color arena, cascos de soldado serbio e iraquí, su casco de kevlar, casquillos, un cartel de “Peligro minas” del Sahara, metralla, una botella de coñac y un rinoceronte llamado Murphy. ¿Qué más hay en ese rincón de la casa por donde no pasan las visitas?
—Lo ha leído bien. Algún objeto más, pero pocos. Nunca he sido muy de recuerdos. Lo que hay, sobre todo, es la certeza de que estuve en lugares importantes donde comprendí. Esa es mi satisfacción: llego a la vejez con una serenidad que me dio saber que el mundo es hostil, de reglas implacables, donde la naturaleza y el ser humano son muy peligrosos. Cuando estoy en mi biblioteca, leyendo y recordando, pienso que me voy a morir comprendiendo. Y lo peor del mundo es morir sin comprender. He visto morir de muchas maneras: comprendiendo y sin comprender. Lo peor es morir con cara de sorpresa. Todos vamos a morir; el ser humano se da demasiada importancia. Somos un paréntesis en una larga sucesión de seres humanos que han luchado y sufrido. Asumir que tu dolor no es singular sino natural te da sosiego: te permite ver venir lo que tiene que venir con la cabeza alta. Como aquel hombre en pijama.
—Promover un libro como este, ¿le hace bien, lo ayuda a expurgar fantasmas, o esta noche no dormirá?
—Debo confesarle que se hizo contra mi voluntad. Llevaba tiempo retrasándolo. Mis editores insistieron: “Es un resumen de tu vida profesional.” Y yo no quería; por eso no lo he leído. Lo que sí le digo es que leer este libro ayuda a entender mis novelas, porque un novelista es una mirada que se traslada a un texto. Y la mía se forjó primero en una biblioteca, la de mi casa, y luego en la guerra, y en las marcas que la vida deja en el cuerpo y en la cara. La guerra me ayudó a mirar y a comprender. No desprecio al ser humano ni lo adoro. Esa ecuanimidad me permite envejecer tranquilo, sin remordimientos. Le debo mucho a la guerra. Suena mal, lo sé, pero me educó, para bien y para mal. Mi vida nunca habría sido la misma de haber sido abogado o ingeniero.
—En El capitán Alatriste alguien pregunta para qué sirve un libro en una galera. Y la respuesta es: “Para soportar momentos como este.”
—Eso es. Alatriste lleva un libro en el bolsillo del jubón y otro capitán le pregunta para qué sirve. Esa es la respuesta: para soportar momentos como ese. A mí los libros me han servido para lo mismo.
—Última. Una frase suya: “¿Acaso va un ser humano, por envejecer, a perder su biografía?” ¿Qué dirá su epitafio?
—Lo ha leído bien. Si puedo conseguirlo, mi epitafio será este: desapareceré.






